Kcho, el mar, la ciudad y la Bienal de La Habana

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Muy pocos artistas cubanos han hecho del mar el centro de atención de su obra. Ni aquellos que nos legaron hermosos e idílicos paisajes al óleo en el siglo XIX, y luego esporádicamente en buena parte del siglo xx asumieron, como este singular creador que es Kcho, la rica variedad de elementos naturales y humanos que conforman el espectro global de ese inconmensurable y gigantesco componente de la naturaleza. El mar ha inspirado a narradores, poetas, cineastas, músicos de numerosas latitudes, si tan solo recordamos a Hokusai, Melville, Hemingway, Sorolla. Desde que se abrió paso en el mundo de la visualidad cubana a principios de los 90, apenas 20 años cumplidos, Kcho fija en el mar una de sus obsesiones.

Muchos, no sin razones, optaron por ubicarlo en el epicentro de tendencias artísticas vinculadas a contextos sociales y políticos, especialmente relacionados con la migración informal, quizás más por deseos e intereses ideológicos que por lo que denotan sus obras. La superposición, mezcla, convivencia y, por momentos, abundancia de objetos de pesca, remos, muelles, costaneras, sogas, nudos marinos, velámenes, embarcaciones, hicieron que la balanza se inclinara más hacia referencias sígnicas y simbólicas cargadas de significación social: eran tiempos inquietantes, dramáticos, lo suficiente como para ocultar u opacar el universo material propio de ciertos habitantes de nuestras islas y cayos adyacentes. Nuestro contexto económico, social, cultural y político, hegemoniza por lo general cualquier tipo de análisis que no tome en cuenta tales presupuestos.  

Kcho, por su parte, iba más allá de tal reduccionismo para trascender esa maldita circunstancia existencial de estar rodeados de agua por todas partes, como describió Virgilio Piñera en uno de sus grandes poemas. Pocos supieron ver en él al isleño que es, a ese determinado hombre de mar dado su lugar de nacimiento en la segunda isla más grande del archipiélago cubano. Pocos percibieron las señales que nos enviaba desde su infancia, su entorno familiar y su entonces formación académica en la isla grande de Cuba. Cuando otros artistas cubanos abogaban por la continuidad formal de marinas y paisajes, deudores de una mayor tradición europea en la que predominaban España, Francia, Inglaterra. Kcho se desmarcaba de ese rico entramado de perspectivas, composiciones, formas y colores en busca de nuevos componentes que expresasen mejor la existencia de hombres y mujeres en esta tierra rodeada de aguas por todas partes donde nació y creció.

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Su noción y conceptos iban de lo local inmediato a lo universal y transnacional, en reclamo de transterritorialidades que ya pugnaban en el arte contemporáneo a nivel mundial y que lo llevó a identificarse con creadores de muy diversas partes del orbe. De ahí surgen los primeros destellos de esa infinitud y libertad creadora que impregnaron sus obras tempranas y que no han cesado hasta hoy. 

No fue, no es, un observador pasivo de la naturaleza y la humanidad que le rodea. Se ubica desde muy dentro de estos elementos a partir de experiencias únicas, complejas, misteriosas si se quiere, plenas de leyendas y mitos que él ha querido dignificar con atención y cuidado. Kcho siempre ha visto el mar de frente, diferente a nosotros que vivimos casi de espaldas al mismo (basta con saber que en el malecón habanero, por ejemplo, y en el cienfueguero también, nos sentamos de espaldas al mar, mirando hacia dentro de la ciudad). Trata de analizarlo, interpretarlo con fuerza y quietud, echando mano de todos los elementos posibles dispuestos a tal fin: quizás la suya sea la más personal de todas las visiones de un creador cubano acerca de ese fenómeno natural.

Debido al impacto que causó su instalación La Regata en la 5ta. Bienal de La Habana, 1994, casi todos vieron a partir de entonces una postura crítica frente a los problemas de nuestra sociedad y, casi, de nuestra naturaleza circundante: el mar se tornaba enemigo de pronto, aliado o escollo para la solución de numerosos problemas. Lanzado en aquel evento internacional al escenario internacional con tan sólo 24 años de edad, supo trascender los límites de la escultura cubana más ortodoxa del siglo xx aún cuando ya había dado señales de ese imperativo, de esa nueva manera de practicar tal expresión artística, desde su primera muestra en el espacio de una modesta sala del Museo Nacional de Bellas Artes, 1992. Los menos reconocieron en él a un fenómeno incuestionable del arte contemporáneo cubano, rebasada ya la euforia causada por otras generaciones durante los años 80 del siglo XX. 

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Los humos no se le subieron a la cabeza. Transgredió, tal vez inconscientemente, los cánones de formato, dimensiones, soportes, materiales, no solo de la escultura sino de las instalaciones y los objetos tan en boga en esos momentos, para generar así una aureola de asombro y expectación ante tal muestra de talento prematuro. De golpe, con sensibilidad y sencillez, nos reveló nuestra propia ignorancia acerca del entorno costero y las vidas a su alrededor, sin complejidades intelectuales o conceptuales pues irradiaba a su alrededor lo que realmente era, y es: un hombre de mar por los cuatro costados, trabaje o viva en cualquier lugar del planeta. Y lo que resultó mejor: un cubano de pies a cabeza, atento y sobresaltado con los destinos de su país.

Su obra no perseguía la ironía, sarcasmo, parodia o humor tan caros a los artistas que le precedían en el tiempo o eran contemporáneos suyos. Estaba más cerca de la nostalgia, de la melancolía por la pérdida y desvanecimiento de un mundo que ya no era fácil de reconocer en el vértigo y las prisas de la vida que nos caracterizan en los últimos 30 años pues nos hemos asumido, ciegamente, como ciudadanos y seres “cosmopolitas” a ultranza, obsesionados por las supuestas bondades de la información y un progreso indefinido que persigue lo de más allá, lo “último”, dejando a un lado lo natural, lo prístino, las armonías que se suponen brújula de todo comportamiento individual y toda conducta social.

En el contexto artístico cubano se ha privilegiado, por regla general, el entorno rural y no marino; es decir, montañas, ríos, afluentes, árboles, lagunas, pastos, sembradíos, montes. Lo cual tiene valederas razones para que así sea, pero es como si todos viviésemos tierra adentro y no en una isla o varias, como si el sol, las olas y mareas, la sal esparcida, solo podemos hallarlas en reportajes y documentales televisivos o filmes, en alguna que otra narración o poema. Guajiros y campesinos forman parte, quién lo duda, de nuestra jerga popular, mucho más que la de marineros y pescadores. Valoramos y sentimos todo el tiempo lo que acontece en pueblos, bateyes, caseríos y ciudades… y apenas o casi nada lo ocurrido en las costas cubanas. 

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Kcho logra develarnos aspectos trascendentes de nuestra geografía mediante una operación emocional y estética al ubicar el mar y su historial humano en el centro de la visualidad artística y llevarlos al interior de galerías y museos, al espacio público o a cualquier edificación preparada para exhibir obras de arte. Por suerte, no nos echa en cara esa casi total indiferencia: por el contrario, goza como nadie el esplendor y magia de los objetos que pueblan las orillas de la costa, utilizados por el hombre en su lucha eterna por emanciparse y reconocerse en ese diálogo permanente con la naturaleza.

Desde finales del siglo pasado, Kcho ha desarrollado una carrera meteórica sin precedentes en el arte cubano, desde lo dibujístico y pictórico hasta lo escultórico e instalativo. Sus obras devinieron polémicas dentro y fuera de Cuba sin que esa fuera su intención: delante y detrás de ellas muchos continúan viendo problemas de nuestras vidas y variantes de montones de problemas, relegando con ello la fijeza y complejidad de seres humanos que dependían y dependen del mar para su supervivencia como cualquiera otro grupo humano en el orbe. Al mismo tiempo, supo expandir su energía creadora hacia proyectos sociales de envergadura como la creación de la Brigada Martha Machado para realizar acciones solidarias en varias partes del país y fundar el Museo Orgánico de Romerillo, al oeste de La Habana, donde tiene su estudio y taller (esa interactividad con otros públicos y expresiones la han asumido otros artistas cubanos con múltiples sentidos e intereses comunitarios: me refiero a Manuel Mendive, Roberto Diago, Nelson Domínguez, José Fuster, entre otros, lo cual implica una alta cuota de sacrificios personales y creadores en aras de llegar a las mentes y el corazón de muchas personas.)

Hoy sus presupuestos estéticos han sufrido transformaciones, cambios. Sus instalaciones y esculturas han cedido parta de su ganado espacio a personajes enormes, gigantescos, llamados “pensadores”, visibles sobre todo en su reciente exposición En ningún lugar como en casa, en en Museo Nacional de Bellas Artes: una suerte de antología abarcadora de intensos períodos de creación por casi 30 años y en la que pueden apreciarse la diversidad de tipologías formuladas por el artista: islas, muelles, botes, estrellas, espirales, embarcaciones-casas, remos. Unas para ser apreciadas bajo techo, otras en espacios semi abiertos y las más recientes en espacios urbanos y al aire libre. También los materiales con los que trabaja han cambiado debido a esta última intención de llevar la práctica artística al diario convivir del ciudadano. El acero corten predomina en la mayoría de ellas gracias al patrocinio de amigos emprendedores que apuestan por su talento y a la necesidad de resistir el embate de la intemperie. Exhiben su “oxidación” desde el primer momento de trabajar con tal tipo de acero. 

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La 14ª. Bienal de La Habana ha brindado la oportunidad a Kcho de exhibir un conjunto de 10 esculturas de gran formato, titulado Manifiesto, este mes de diciembre y hasta abril de 2022, que ya están siendo ubicadas a lo largo del tramo más privilegiado de la Quinta Avenida en el reparto Miramar de la capital. Considerado por los organizadores y curadores del evento como proyecto especial de la segunda experiencia de la Bienal, y gracias su poder de dialogicidad, interacción y conectividad con numeroso público, dichas obras gozan de autonomía propia, solidez, visibilidad, integradas en conjunto gracias a ese material empleado y al dinamismo de cada una, en gran parte similar al que observamos en nuestra escultura monumentaria y ambiental de la primera mitad del siglo xx. En ellas resalta el color rojo tierra del material y la alternancia de formas que nos remiten a embarcaciones, remos, personajes, como para no olvidarnos de que lo realmente marino no se reduce solo a uno de sus aspectos sino a la totalidad que lo conforma y rodea. Obras desbordadas, ruidosas en algunos casos, irreverentes, persiguen el temperamento efusivo del artista, tanto en lo personal como en lo meditativo aunque suene contradictorio tal aserto.

Se trata de una posibilidad grande para el artista al desafiar las vicisitudes de la circulación vehicular en esa famosas avenida habanera, y del paseo de decenas de personas que día a día disfrutan de sus bondades peatonales para ejercitarse y caminar. Con ello la Bienal alimenta uno de sus propósitos fundamentales: ese acercamiento con el público mediante la búsqueda de alianzas estéticas y afectivas con expresiones del arte contemporáneo. Y la oportunidad, en este caso institucional, de contribuir a la transformación paulatina del paisaje urbano de esta y otras ciudades del país (en este empreño ese encuentran las ciudades de Pinar del Río, Cienfuegos, Trinidad, Sancti Spiritus, Holguín y Santiago de Cuba.)

A esta manera de actuar y crear en Kcho se suma también ahora su empeño, bien complejo por cierto, en el campo de la curadoría y museografía ya que se torna algo así como ser juez y parte a la vez. Ese es uno de los desafíos que enfrenta. Lo cierto es que no deja indiferente a nadie en cada obra suya y cada exposición, y la prueba será, una vez más, su proyecto Manifiesto. Él continúa creando expectativas y redefiniendo el contexto cultural donde participa, sobre todo esta Bienal que es ya parte de su importante trayectoria artística como lo ha demostrado en varias ocasiones. De hecho, Kcho es uno de sus más entrañables aliados y defensores.

Debemos observar, pues, este hecho cultural con profesionalidad en tanto seamos expertos y especialistas, profesores y académicos, historiadores y críticos, o sencillamente funcionarios y técnicos de la amplia red de instituciones artísticas del país. Y con los ojos y la sensibilidad bien abiertos de espectadores que creen en las incontables posibilidades de liberación humana que conlleva el arte en cualquiera de sus verdaderas expresiones.

                                                                         Nelson Herrera Ysla

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